miércoles, 13 de julio de 2011

Una Ruina sobre las Olas – A Wreck on Waves


(Español)
Más pesado que todas las obesas de Boteros juntas, más imponente que diez mil puentes de Boyacá, se cae a pedazos frente a los ojos de los turistas sin que nadie pueda evitar su colapso definitivo.
La noche del 14 de junio de 1893 el ingeniero cubano Francisco Cisneros apenas podía conciliar el sueño. La negativa de asistir a la inauguración del muelle de Puerto Colombia del presidente Rafael Núñez, argumentando problemas de salud, le parecía un mal augurio. Pero él no era un hombre de agüeros y borró ese pensamiento de su mente. Le bastó recordar las empresas que había llevado a cabo: las líneas férreas que  construyó en su Cuba natal, las que tendió en plena selva peruana, o la construcción del ferrocarril de Antioquia sorteando los sucesos de las guerras civiles. Volvió a la cama y dejó abierta la ventana para sentir el olor de las flores del jardín que poseía y que había dado origen al nombre de su casa en Barranquilla, La floresta, y logró dormirse.
El primero en llegar a la estación Montoya del ferrocarril, la mañana del 15 de junio, fue monseñor Carlos Valiente, prelado cartagenero quien, junto con el presbítero Pedro María Revollo, habían logrado levantar varios templos religiosos en la ciudad. Monseñor Valiente era un hombre menudo, de ojos claros y facciones delicadas; visiblemente abochornado por el calor que hacía, caminaba de un lado para otro en su cerrada túnica negra. El grupo que partiría de la estación a primeras horas del día estaba conformado mayormente por importantes políticos y hombres de negocios. Presentes allí, estaban accionistas del Banco de Barranquilla y el alcalde de la ciudad Rafael V. Cajar. Cisneros llegó a la estación ofreciendo disculpas por su leve retraso y abordó el vagón del ferrocarril, un horno que parecía atizado por los aparatosos vestidos de las mujeres de la época, quienes exhibían excéntricos sombreros desbordados de flores artificiales.
Eran ya casi las once de la mañana cuando la comitiva se instaló en la entrada del muelle. El acto se inició cuando una banda de música empezó a tocar el vals Sobre las olas, composición del mexicano Juventino Rosas quien moriría un año después. “Pura música de criollos”, comentó una dama de abanico de plumas de cisne entre la multitud aglomerada en el acto protocolario. Finalizado el vals, monseñor Valiente bendijo el muelle y de inmediato Cisneros y sus acompañantes hicieron un recorrido por el lugar, al tiempo que cuatro cañonazos disparados desde el vapor Mexican enaltecían la grandeza del momento. Fueron cuatro días de fiestas decretados oficialmente en Barranquilla.
Desde entonces comenzaría la leyenda del muelle de Puerto Colombia: buques de carga embarcando toneladas de café, frutas, sorgo, tabaco, curtiembres, telas y otros productos destinados al mercado extranjero. Grandes hoteles como El Esperia, con una terraza dentro del mar, sede de las más elegantes reuniones, o el Luna Park, provisto de un ambiente romántico indescriptible, eran el destino preferido de las clases pudientes del país y el resto del mundo.
Pero en 1943 el muelle fue cerrado para siempre con el fin de que Barranquilla fuese el puerto número uno del país. Craso error. La profundidad del río Magdalena no era comparable a la de Puerto Colombia, que permitía el ingreso de buques de gran calado. La ambición rompió el saco, y allí empezó la decadencia de uno de los muelles más largos del mundo. Así como por este lugar entró la modernidad al país, de la misma forma llegó el olvido.
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A mediados de los años ochenta, el municipio de Puerto Colombia, en el departamento del Atlántico, era el destino favorito de todos los colegios barranquilleros a la hora de realizar un paseo. La primaria San Pedro Claver, de Barranquilla, lugar en el que estudié mis primeros años, no fue la excepción. Nunca había visto el mar y casi no dormí la noche anterior. A las 5 a.m. ya estaba despierto. Mi madre me acomodaba en la lonchera sánduches de huevo y un termo de Batman con avena caliente. Luego de los besos, las advertencias de no meterse solo en el mar y el rosario de mi madre cercando mi garganta, el bus con sesenta niños arrancó tronando por las calles polvorientas del barrio las Nieves al sur de la ciudad.
Iveth y Berenice, las profesoras encargadas de nuestro cuidado, ambientaron el camino con antiguas rondas infantiles. El paisaje pasaba veloz ante nuestros ojos como una cinta vegetal de un verde espléndido. El viaje por entonces era largo, casi 50 minutos de trayecto por una larga autopista que de pronto se curvaba y ascendía por una carretera empinada; en ese punto todo el paisaje cambió y lo que minutos antes era solo vegetación se convirtió en un escenario parecido al de La isla de la fantasía. A lo lejos, el mar era ese espejo azul turquesa en el que entraba misteriosamente una larga línea de color indefinido.
-¿Qué es eso? -pregunté a mi maestra.
-Eso -dijo señalando el objeto de mi curiosidad- niños, es el gran muelle de Puerto Colombia.
Han pasado muchos años desde entonces. Emprendo el viaje hasta Puerto Colombia en una buseta climatizada, lejana de aquellos tanques de metal y ventanillas de vidrios de décadas pasadas. Un vallenato a todo timbal, combinado con reggaetón, hace vibrar los tímpanos. El vallenato ha cambiado igual que el paisaje: lo que debería ser naturaleza viva, ahora es, a lado y lado de la carretera, nuevos cementerios que lucen como spas para la vida en el más allá, híper centros comerciales, iglesias de la nueva era, maquinaria pesada deforestando y extrayendo arena y piedra para la construcción, y en lo poco de verde que hay luce alguna valla de “vendido” o avisos publicitarios con bellas fotografías de los futuros conjuntos cerrados para la familia de hoy. El camino ya no es tan largo; a menos de 20 minutos está Puerto Colombia. La plaza es un pequeño conjunto de edificios color mostaza, la alcaldía y la estación del viejo ferrocarril sobresalen entre lo poco que hay para ver. Una horrible escultura llamada Fondo marino se alza en mitad de la misma, caprichito artístico que le costó al municipio una pequeña fortuna. La entrada al muelle está antecedida por algunos puestos de artesanías donde pueden conseguirse pequeños adornos hechos con caracolas y conchas marinas. Un hombre fornido ofrece cocos de dulce y frío néctar, gigantescos frutos de un sublime color naranja. Aquí empieza el recorrido. El vendedor de gafas muestra sus mercancías con insistencia; de $20.000, su oferta inicial, va rebajando hasta llegar a $5.000; a mitad del muelle por fin desiste con una mueca de decepción en su rostro. Es domingo, el día en que un éxodo de familias de los barrios más deprimidos de Barranquilla se instala en la playa y sus alrededores con ollas llenas de arroces guisados y huevos duros. La gente toma un baño sin importarle el color amarillento del agua. En la actualidad este lugar es un vertedero de aguas residuales y arroyos cercanos que desembocan sin ningún control en el balneario, que en las orillas luce como un basurero. Es hasta un poco más allá de la mitad del muelle que las aguas del océano adquieren un color verde opaco. A esta distancia se instala uno que otro viejo pescador sosteniendo con indiferencia la punta de un largo hilo de nailon con un anzuelo…
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José Rivera tiene 78 años, sesenta de los cuales se ha dedicado a la pesca, aunque esto que hace hoy es algo más parecido al ocio que cualquier otra cosa. Desde temprano llega al muelle y lanza un hilo en cuyo anzuelo ha colgado un trozo de liza fresca. Ahí se queda por horas hasta que algo pica. A punto de seguir mi camino, las sacudidas de su hilo de pescar indican que ha atrapado algo. Con rapidez hala del nailon hasta traer a la superficie un pez del tamaño de una sardina. Me servirá de carnada, dice José, sin que la escuálida recompensa por tanta espera haya logrado menguar sus ganas de pescar. Sigo mi ruta hacia el desastre. Tres niños negros nadando me gritan desde abajo: “¡patroncito una moneda, lance una moneda!”. A corta distancia otros chicos se lanzan en picada desde el borde del muelle. Caminar sobre este lugar es como hacerlo sobre un puente remendado con cáscaras de huevo, como reza la canción infantil. Los pilares son endebles estructuras de hierro oxidado, que cualquier día de estos cederán sin misericordia.
De hecho, el 7 de marzo de 2009 en las horas de la madrugada un tramo de doscientos metros del muelle de Puerto Colombia se vino abajo como la primera pieza que tambalea y cae desde lo alto de un castillo de naipes. Parado en la punta donde la estructura se fractura, y mirando el otro pedazo que parece flotar en la distancia, deduzco que así como el tiempo sin misericordia se ensaña con el hombre y lo reduce a fragmentos, de la misma forma el que fuera uno de los muelles más largos del mundo es en la actualidad víctima de esa indiferencia tan colombiana como la chicha, abandono que lo ha convertido en un frágil y tembleque esqueleto de hierro y piedra erosionada que tiembla cobarde con cada embestida del mar, un senil monumento caído a pedazos que a nadie conmueve.
Va atardeciendo lentamente. El tema de la restauración del muelle es una papa caliente que nadie quiere servirse. Patrimonio Nacional considera poco viable reconstruirlo. La anterior Ministra de Cultura financió una asesoría técnica para analizar el tema. Al caer la tarde el paisaje es una postal, el muelle con sus últimas fuerzas trata de sostenerse digno ante el hermoso aturdimiento de colores que se precipitan en el horizonte, pero un día nada lejano no aguantará más. A lo mejor pase como en aquella madrugada cuando cayó su primer tramo: a una hora en que nadie lo vea, como por un gesto de pudor y dignidad, sucumbirá por fin a su postergada ruina.
Por: Jhon Better
Fotografia: Henry Navarro

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(English)
Heavier than obese Boteros all together, more imposing than ten thousand bridges of Boyacá, is crumbling before the eyes of tourists and no one can prevent its ultimate collapse.
On the night of June 14, 1893 the Cuban engineer Francisco Cisneros could hardly sleep. The refusal to attend the inauguration of the port of Puerto Colombia’s President Rafael Núñez, citing health problems, it seemed a bad omen. But he was not a man of omens and erased that thought from your mind. He had only to remember the companies that had taken place: the railroads he built in his native Cuba, which lay in the Peruvian jungle, or the Antioquia railway construction drawing for the events of the civil war. He returned to bed and left open the window to smell the flowers in the garden he owned and which had given rise to the name of his home in Barranquilla, the forest, and managed to sleep.
The first to reach Montoya railway station on the morning of June 15, was Bishop Carlos Valiente, Cartagena prelate who, along with the priest Pedro Maria Revollo, had managed to raise several religious temples in the city. Monsignor Valenti was a small man with bright eyes and delicate features, visibly embarrassed by how hot it was, walked back and forth in his black robe closed. The group was leaving the station in the early hours of the day consisted mostly of prominent politicians and businessmen.Present there were shareholders of the Bank of Barranquilla and the Mayor Rafael V. Cajar. Cisneros arrived at the station apologizing for his mild retardation, and boarded a railroad car, a furnace that seemed fueled by the showy dresses of the women of the time, who exhibited eccentric hats overflowing with artificial flowers.
It was now nearly eleven o’clock when the procession moved to the dock entrance. The event began when a band started playing the waltz Sobre las olas, Juventino Rosas Mexican composition who died a year later. ”Pure Creole music,” said a lady swan feather fan in the crowd crowded into the formal ceremony. After the waltz, Valiente Bishop blessed the spring and immediately Cisneros and his entourage toured the site, while four gunshots fired from the Mexican steam ennobled greatness of the moment. Four days of festivities were officially decreed in Barranquilla.
Since then begin the legend of the port of Puerto Colombia: cargo ships embarking tons of coffee, fruit, sorghum, snuff, tanneries, textiles and other products for the overseas market. Major hotels like The Esperia, with a terrace into the sea, home of the finest meetings, or Luna Park, provided a romantic unspeakable, were the preferred destination for the wealthy classes of the country and around the world.
But in 1943 the pier was closed for good so that Barrie was the number one U.S. port. Big mistake. The depth of the Magdalena River was not comparable to that of Puerto Colombia, which allowed the entry of large vessels. Ambition tore the sack, and there began the decline of one of the longest piers in the world.And this place came modernity to the country, came just as forgotten.
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In the mid-eighties, the municipality of Puerto Colombia, Atlántico department, was a favorite destination for all schools Barranquilla when a walk. Elementary San Pedro Claver, of Barranquilla, where they studied my first year was no exception. I had never seen the ocean and hardly slept last night. At 5 am I was awake. My mother settled into the lunch box egg sandwiches and a thermos of hot oatmeal Batman. After the kisses, the warnings to stay out alone at sea and my mother’s rosary encircling my throat, the bus with sixty children started thundering down the dusty streets of the Snows neighborhood south of the city.
Ivette and Berenice, the lecturer in charge of our care, set the path to old nursery rhymes. The landscape was going fast before our eyes like a green ribbon splendid plant. The trip by then was long, almost 50-minute drive down a long highway that suddenly curved and climbed up a steep road, at which point the whole landscape changed and what was just minutes before vegetation became a scenario similar to The Island of fantasy. In the distance, the sea was turquoise blue that mirror which mysteriously went a long line of indefinite color.
- What is that? I asked my teacher.
“That,” he said pointing to the object of my curiosity, children, is the great port of Puerto Colombia.
It has been many years since. Undertake the journey to Puerto Colombia in a van pool, far from those metal tanks and glass windows of past decades. A full vallenato drum, combined with reggaeton, it makes your eardrums vibrate. Vallenato has changed the landscape like: what should be living nature, it is now, on either side of the road, new cemeteries that look like spas for life in the hereafter, hyper malls, churches in the new era , deforested and extracting machinery sand and stone for construction, and what little there wears a green fence “sold” or ads with beautiful photographs of future closed sets for the family today. The road is not as long, less than 20 minutes from Puerto Colombia. The square is a small set of mustard-colored buildings, the city and the old railway station stand out among what little there is to see. An awful sculpture called Sea bed stands in the middle of it, artistic whim cost the city a small fortune. The entrance to the pier is preceded by some craft stalls where they can get small ornaments made from shells and seashells. A burly man offers fresh coconuts and cold nectar, fruit of a sublime giant orange. Here begins the journey. The seller displays their wares glasses strongly; of $ 20,000, your initial offer, is reducing until it reaches $ 5,000, in the middle of spring finally gives up with a look of disappointment on his face. It’s Sunday, the day that an exodus of families from the most deprived districts of Barranquilla is installed on the beach and surrounding area with pots full of cooked rice and boiled eggs.People take a bath never mind the yellowish color of the water.Today this place is a dump sewage and creeks that flow unchecked in the spa on the shores looks like a dump. It is even a little beyond the middle of spring that ocean waters take on a dull green color. At this distance you install one or two old fisherman casually holding the tip of a long nylon line with a hook …
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Jose Rivera has 78 years, sixty of which is dedicated to fishing, although this does today is more like entertainment than anything else. From early spring and reaches the thread which launches a hook has posted a piece of fresh lists. Stays there for hours until something bites. About to go my way, shake your fishing line indicate that it has caught something. Quickly pulling the nylon surface to bring a fish the size of a sardine. I serve as bait, said Joseph, without the reward for waiting so skinny has been diminish his desire to fish. I follow my path to disaster. I swim three black children screaming from below: “patroncito a coin, flip a coin!”. A short distance other guys are thrown into a tailspin from the edge of the pier. Walking on this place is like doing it on a bridge patched with eggshells, as stated in the nursery rhyme. The pillars are flimsy structures of oxidized iron, which any day now surrendered without mercy.
In fact, the March 7, 2009 in the early morning hours a stretch of two hundred meters from the port of Puerto Colombia fell apart as the first piece that stumbles and falls from the top of a house of cards. Standing at the point where the structure is fractured, and looking the other piece that seems to float in the distance, I conclude that as the time without mercy rages at the man and reduced to fragments, in the same way that was one of the world’s longest piers is now a victim of indifference as Colombian as chicha, abandonment has become a frail and trembling skeleton of iron and stone eroded cowardly trembling with each thrust of the sea, a fallen monument senile pieces that no one moves.
Lat going slowly. The issue of restoration of the pier is a hot potato that nobody wants to use. National Heritage considered not viable to rebuild. The former Minister of Culture funded a technical assistance to analyze the issue. At dusk, the landscape is a postcard, the dock with his last strength is worthy to hold the beautiful stunning colors that precipitate on the horizon, but one day will not hold anything more distant. Maybe it happens like that morning when it dropped its first stage: a time when nobody sees it as a gesture of modesty and dignity, finally succumb to their neglected ruin.
by: Jhon Better
Photo: Henry Navarro

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